11 Mar

La adaptación al jardín

No hace falta mencionar lo movilizante que es para los padres el comienzo de la escolarización de los hijos. Estamos dejando lo más importante de nuestras vidas, en un entorno novedoso, fuera de nuestra observación y “control”. A todos nos despierta usualmente, mucha ansiedad.

Son niños muy pequeños, que prácticamente no hablan (o dicen solo unas pocas palabras), usan pañal, muchos aún toman teta. Ese niñito/bebé que da sus primeros pasos en el mundo.
En condiciones óptimas, los padres intentamos buscar un lugar apropiado para nuestros hijos, donde podamos dejarlos tranquilos y confiados.
Los diferentes espacios elegidos (desde el colegio más tradicional hasta el más informal “jardín rodante”), tienen una manera específica de encarar el período de adaptación, de acuerdo a ciertos criterios, pedagógicos, psicológicos, emocionales.
Entonces comienzan esos primeros días, donde los niños acuden generalmente con alguno de sus padres (principalmente la mamá), y comparten ese espacio con  niños, maestras, y otros papás. Los chicos suelen recibir con entusiasmo y alegría las propuestas de juego y experimentación. Se divierten, se ríen, se sueltan, se sienten seguros. Pero ¿qué ocurre cuando la maestra invita “gentilmente” a los padres a retirarse y dejar al hijo en la sala?… ¿Qué pasa con los niños? ¿dónde queda lo que ellos quieren, y necesitan, de esta experiencia?.
Pensar en los chicos, aunque debiera ser lo obvio, no siempre termina siendo lo primordial. Y esta es justamente, la receta para el fracaso. Cuando el deseo del niño queda atrapado entre los requerimientos institucionales, la estandarización de los tiempos infantiles, y el deseo/demanda de los padres; está claro que quien sale perdiendo siempre es el niño. Esto no quiere decir que los chicos no van a “adaptarse”, que los padres tendrán que sacarlos del colegio o que llorarán durante meses. Lo más probable, es que termine “sobre-adaptándose”, es decir, desplazando sus necesidades y emociones para responder a lo que cree que se le pide, lo que “debe hacer”...Les suena conocido esto? les ha pasado a uds – ya adultos- encontrarse en esta posición mucho más a menudo de lo que hubieran querido? Pues bien, se encuentra en la infancia la génesis de este tipo de predisposición a adaptarse excesivamente a lo que no nos hace bien, no nos gusta o no nos interesa.
Cuando un niño enfrenta una situación novedosa, lo hace con tiempos que la mayoría de las veces no se corresponden con los del mundo adulto. No nos son cómodos, no nos son prácticos, no se acomodan a nuestras expectativas y organigrama… Pero hay que respetarlos. Y con esto no quiero decir que SIEMPRE van a demorarse más de lo que esperamos en adaptarse a las cosas. A veces los tiempos se acortan, y esto también incomoda. Pues bien, hay que respetarlo también.

Se trata de poder empatizar con nuestros hijos, confiar en el vínculo que hemos generado con ellos y en su capacidad de vivenciar las experiencias al tiempo que requieran. Seguramente lo harán. Seguramente completarán su adaptación al jardín, y lo disfrutarán. Querrán quedarse, se nutrirán de nuevas sensaciones; seguramente habrá un final feliz. Pero no de cualquier manera. No bajo los tiempos estandarizados en el que “todos los niños se adaptan”. Nuestros hijos son únicos, legitimemos su singularidad. Si necesitan que nos quedemos en la salita durante semanas, para poder así transformar ese espacio en un lugar seguro y libre, para poder sentir confianza en sus cuidadores, y en sus pares, y poder disfrutar de un vínculo sano y genuino; así debe ser. Ese es nuestro lugar, no hay otro posible. Y si no podemos hacerlo nosotros, los padres, busquemos una red que sea contenedora para nuestro hijo y que pueda acompañar este proceso (tíos, abuelos, niñeros). Solo así lograremos que la escolaridad se viva con alegría, con tranquilidad, sin síntomas (o no escuchamos frecuentemente de los niños que viven enfermos y se quedan más en sus casas de lo que van al jardín?). Ayudemos a nuestros hijos a construir y habitar espacios confiables, seguros, felices, donde puedan ser como son, donde puedan mostrar sus emociones y no ser sancionados como “el que no se adapta”, “el que está demasiado pegado a su mamá”. Que sea el primer paso de la enseñanza: que se los respeta, que se los registra, que se los escucha. Ese es el camino, siempre. Les espera un extenso recorrido por los diferentes ámbitos educativos, no empecemos dando un mal paso… Miremos para adentro, en general, tenemos mucha más responsabilidad en los procesos de nuestros hijos de la que creemos. Hagamos de esto un valor.